Seguía lloviendo ahí fuera,
recorría cada gota con la mirada
a través del cristal humedecido.
Dentro estaba resguardada, al parecer,
porque esas cuatro paredes más que protegerte
me hacían sentir atrapada.
Continuaba absorta mirando la lluvia incesante y su baibén.
Contemplando su belleza y la forma en cómo vestía las calles.
Alimentando la hierba y dulcificando su aroma en mil tonalidades.
Yo seguía junto al cristal, sin querer estar ni afuera ni adentro.
Mientras mis ojos recorrían cada reguero,
tenía la certeza de que en algún momento,
llegaría el día en que todo cambiaría
y, al fin,
pudiera disfrutar bajo la lluvia.


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