martes, 11 de octubre de 2011

Parar un instante.

No me gusta sentir que mi cabeza se desvía. Tengo demasiado peso puesto en ella, demasiada responsabilidad, que una mínima distracción me desequilibra. Y cuando esa mínima distracción se convierte en algo constante... pierdo el control y la consciencia del tiempo.
No me gusta sentir que me descentro, que estoy desperdiciando mis horas.
Quién sabe, quizás, al fin y al cabo, ¿seré demasiado exigente?
Reconozco que, a veces, se necesitan respiros. Pero hay situaciones en las que tu ritmo de vida no te permite parar ni un momento.
Me gusta saber que hago cosas, que aprendo cosas, que invierto el tiempo. Esto nos hace sentir más realizados. Algunos dicen que las personas que más tareas realizan son las que mejor se sienten después consigo mismos.
Aunque claro, influye muchísimo a lo que dedicas tu tiempo, si en cosas que te gustan, que te motivan, que te llenan o te aportan algo... o no. Si todo esto te lleva a estar sobrecargado y estresado, mejor parar un momento y pensar si merece la pena o deberíamos realizar algún cambio en nuestras vidas.
Si sería conveniente dedicar más tiempo a nosotros, o simplemente, relajarnos.
Por esta era de la tecnología y la información es muy difícil desconectar.
Pero pienso que es obligado, alguna vez, olvidarnos de todo ello, volver, por así decirlo, a la era primitiva donde nada de eso había sido inventado.
Descansar y sentir lo vivo. Alternar y dejarnos llevar por el puro contacto de lo natural, por el contacto con la naturaleza. Donde las piedras, los árboles, las montañas y los ríos sean nuestros aliados, lo único que tengamos al alcance de nuestras manos.
Desconectar... respirar profundamente... sanar... desintoxicarnos de lo urbano, alejarnos de la contaminación y los ruidos acústicos, acercarnos más a lo virgen... envolvernos por la maravillosa vida de las villas.

Necesito parar un momento y desconectar...

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