viernes, 16 de enero de 2015

No es tarde

Muchas veces nos acomodamos creyendo que ya somos mayores para...
aprender un nuevo idioma o un instrumento musical. 
Que ya se nos ha pasado esa etapa en la que podíamos aprenderlo todo,
que nuestro cuerpo era como una esponja y que nuestra cabeza, memoria o
 capacidad de aprendizaje no tenía límites. Muchas veces nos excusamos
por el simple hecho de que ya no somos unos críos. Ya perdimos
nuestra oportunidad, nuestro momento. Nada más lejos de la realidad.

¿Cuánto tiempo vivimos?
Por lo general, nuestra esperanza de vida ronda entre los 80 y 90 años.
¿Y vamos a excusarnos creyendo que sólo aprendemos los primeros diez años?
Lo que de verdad nos pasa es que somos unos cobardes y unos vagos.

Lo que nos diferencia realmente de la niñez es que estamos llenos de miedos a equivocarnos.
Los niños aprenden mejor porque se lanzan, son espontáneos. No tienen miedo a hacer el ridículo.
Les da igual probar y probar. Son incansables. No se rinden cuando algo les sale mal.

Quizás estemos todos equivocados sobre que los niños aprenden mejor
las cosas nuevas y simplemente los adultos nos cansemos antes,
no mantengamos esa ilusión o esas ganas, ese coraje y esa saludable constancia.
Por eso, ante algo nuevo lo primero que deberíamos hacer es CREER que podemos.
Podemos adaptarnos, podemos aprenderlo. Y dejemos de pensar que ya es tarde.
Nunca es tarde. Mantengámonos despiertos y entrenémonos.
Nunca dejaremos de aprender algo nuevo.

martes, 13 de enero de 2015

Delirios impulsivos

Soy impulsiva. Hay veces que no pienso. Mis pasiones y deseos actúan por mí.
Aunque en ciertas ocasiones pueda aparentar mucha calma, por dentro soy puro nervio.
Y, por fuera, muchas veces también. Quien me conoce lo sabe bien.
Aunque, para algunos temas, tengo mucha paciencia. Y por otros me desvivo, ansío y ansío.

Soy una ansiada. Un ansia viva como diría Cruz y Raya.
Cuando algo me inquieta, no vivo. A veces sufro desequilibrios.
Mis estados de ánimo cambian como si viajaran en una montaña rusa que sube y baja.
Pasando de la alegría más pletórica a la tristeza más anodina.

Para mí ser impulsiva no es bueno.
Puedo estar tranquila en mi casa, pasiva, y por dentro ahogándome en anhelos.
Es un esfuerzo constante por controlar tu ansiedad.
Es como si tuvieras muchas caras, cada una por cada estado emocional.

Pero ser ansiosa creo que también es provocado por otras cosas.
Por mis ganas de viajar o mis ansias de libertad.
Por mi forma de ver la fantasía y realidad o para darle el contrapeso a mi singular positividad.
Me gusta creer en lo difícil.

Me gusta pensar que el esfuerzo es recompensado y que conformarse con poco no te lleva a la felicidad.
Me gusta ver la vida de color de rosa sabiendo todo el dolor que ella misma genera.
Pero no hay blanco sin negro. No hay felicidad sin tristeza.

Y en mis momentos de crisis, bajones e inestabilidad emocional, me gusta creer que todo es por algo.
Se ha generado por algo, tiene una razón y una consecuencia. Porqué. Para qué.
Y aunque ni siquiera entendamos el motivo de por qué nos sentimos tristes o decaídos,
siempre tendrá algún origen, algún aprendizaje.
Podría ser lo que llamamos el sentido de la vida.
Yo no creo en vidas sin sentido.

Duele sentirse triste, pero duele más el no saber porqué. Quizás solo nos falta conexión.
Apagar el televisor y escucharnos un poco más a nosotros mismos.

Sí, puedo ser impulsiva, ansiosa y nerviosa. Pero con un poco de reflexión puedo entender porqué.
Seguramente la clave sea respetarse y aceptarse para poder mejorar
y usar nuestras debilidades para transformarlas en fortalezas y poder crear.