Me gustan las niñas salvajes, niñas traviesas a las que les da igual ensuciarse.
Niñas aventureras, espontáneas e ingenuas que corretean por las aceras.
Niñas que atraviesan verdes campos, grises llanuras y amarillos prados.
Niñas que hacen crujir las hojas bajo sus pies, emanando vida allá por donde pisan.
Niñas que revolotean, que extienden sus brazos, alzan la cabeza y vuelan.
Niñas que se dejan mecer por el viento y atraviesan los valles con veloz movimiento.
Niñas bellas por naturaleza, que no intentan desenredar sus despeinadas melenas,
que visten de forma desaliñada y sencilla, y no les afecta.
Que lo único que les importa es estar cómodas para sus carreras.
Niñas que están preparadas para la batalla.
Sucias, desenfadadas, ingeniosas y lanzadas.
Niñas que gritan, saltan, se escurren y dan patadas.
Que dan la frente y, si lo quieren, también la espalda.
Niñas con rubor en las mejillas y mil y una sonrisas.
Niñas que son guapas sin aparencias ni dobles caras.
Niñas atrevidas, que viven el momento y son pura energía.
Niñas que alegran la vida con su inofensiva picardía...


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