Cuando acusamos a nuestros alumnos o hijos negativamente, sin fijarnos en su potencial, en su capacidad, en su espíritu de aprendizaje, y los sentenciamos diciéndoles que no valen para algo. Como por ejemplo, cuando hacen algo mal y les decimos: ¡Así nunca vas a aprender!, ¡Eres tonto!, ¡No sirves! ...
Pienso que todas estas actitudes tienen consecuencias muy negativas que producen en el niño sentimientos de fracaso, decepción, de baja autoestima, de inseguridad, de tristeza...
Los niños ven en los adultos, como padres y profesores, un modelo a seguir. También saben que son la autoridad y que, de alguna forma, están por un nivel superior. Pueden verlos como el ejemplo de la sabiduría, el orden, la justicia, etc. Esa superioridad que los niños atribuyen a ellos, los mayores, tiene consecuencias drásticas y relevantes a la hora de cómo los adultos juzgan a los niños. Todos los juicios provocan sentimientos en los niños. Y los juicios que no ayudan a motivarles, a darles ese empujón, a apostar por ellos... son los que más les afectan y más consecuencias negativas producen. Para un niño es muy importante sentirse valorado y querido. No podemos prejuzgarles e intentar dirigir sus vidas de la manera en que nosotros queramos, sin tener en cuenta sus gustos, sus pasiones o sus intereses.
Los padres que intentan planificar la vida de sus hijos a su parecer, lo único que consiguen es que el hijo se vaya separando más y más de ellos, o que acepte la vida que le han organizado sin vivir la suya propia, resignado, y sin poder llegar a ser feliz.
Todas las personas necesitamos probar, experimentar, arriesgarnos, y aprender con los fracasos, con las caídas y con los momentos problemáticos. Pero tenemos que intentar ser fieles a nosotros mismos, por encima de todo.
No perder nuestra esencia, no dejar que nos manipulen, que controlen y dirijan nuestras vidas. Debemos luchar por nuestros sueños y nunca darnos por vencidos.
